Por la enseñanza pública y el bien común.

En la defensa de lo público nos jugamos mucho más de lo que, en principio, pudiéramos pensar. Espacio de todos y cada uno, lugar en que visibilizar los proyectos comunes y donde resguardarnos del lobo individualista que todos llevamos dentro.
La “res pública” de los romanos ponía de manifiesto ya, en la antigüedad, el valor de los espacios comunitarios en contraposición a los intereses privados, y era concebida como el ámbito donde se plasmaba, se discutía y se repensaba lo que querían ser como pueblo.
En una democracia el “Estado” se configura como garante de servicios públicos, es decir, como dispensador de unas prestaciones que dan respuesta a unas necesidades de interés general que son financiadas por los impuestos; a su vez, estas prestaciones también aseguran la protección de los más débiles siendo, por tanto, un instrumento  que hace posible la integración, la equidad y la justicia social.
En el preámbulo de la Constitución, entre los valores que debe consolidar el Estado, se consagra el bien común el cual se logra, en parte, mediante una adecuada creación y prestación ininterrumpida de los servicios públicos. A partir de allí, se desprende que los “servicios públicos” son las actividades asumidas por órganos o entidades públicas o privadas, creados por la Constitución o por Ley, para dar satisfacción en forma regular y continua a cierta categoría de necesidades de interés general.
El “Bien Común” es “esa suma de condiciones de la vida social que permiten alcanzar a los individuos y a las colectividades su propia perfección más plena y fácilmente” (Gaudium et Spes, 26). Poner en valor el Bien Común es reclamar un orden social justo que armoniza los aspectos individuales y sociales de la vida humana, y es responsabilidad de todos definirlo y construirlo. El Bien Común, es un “bien” genuino y es auténticamente “común”. Que sea “bien” quiere decir que da satisfacción a las necesidades del ser humano en su entera naturaleza espiritual, moral y corporal, proporcionándole la paz, la cultura y todo lo necesario para el desenvolvimiento pleno de su existencia; es “común” porque es un bien de la sociedad entera. El Bien Común es de todos y para todos. No promueve la ventaja de un grupo o clase alguna, sino el beneficio de todos, cualquiera que sea el carácter o la función que las comunidades realicen en la sociedad.

 

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22 de mayo, huelga general en la enseñanza.

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Calenturas de primavera (en colores).

* ¿Alguien sabe a cuánto ascienden las ganancias de la banca española en la última década? Agradecería el dato.
* Los ojos han de ver bien para que el corazón sienta.
* ¿Qué hacemos con una Constitución que es un compendio de aspiraciones incumplidas?
* A “La Razón” ya hace mucho tiempo que se le fue la cabeza.
* El lenguaje, perversamente utilizado, también puede llegar a ser un arma de destrucción masiva: nos anquilosa y apoltrona.
* Las calles y las plazas son el espacio público por excelencia: los ciudadanos y ciudadanas lo hemos de ocupar permanentemente (a Esperanza Aguirre). Hoy hace un tiempo estupendo para pasear por nuestras calles y plazas.
* Hemos de reinventar todo lo que se sirve de la ciudadanía para que, de verdad, prime el Bien Común.
* El neoliberalismo nos hace mucha pupa pero se alza como el tótem ideológico de nuestro tiempo.
* La lógica del “Mercado” es aterradora: para que unos pocos “crezcan” otros muchos han de “menguar”.
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¿Por qué a los niños no les gusta ir a la escuela?

Ciertamente el título del último libro de Daniel T. Willingham invita a abrir sus páginas, pero una vez dentro su contenido deja un poso de insatisfacción porque no colma las expectativas en él depositadas. En mi parecer, Willingham abusa del enfoque cognitivista y deja muchas incógnitas por resolver. Ante la gran pregunta con la que se-nos interroga olvida quizás el elemento motivación y, sobre todo el papel del contexto. Sus respuestas vienen a ser “atemporales”, obviando la perspectiva histórica y poniendo el acento en exceso en los procesos internos.

No obstante recomiendo su lectura pues sus reflexiones y la gran cantidad de estudios en las que se sustentan nos pueden resultar muy interesantes. Destacaría tres ideas especialmente:

-         Aprender en la escuela es sobre todo reflexionar, tarea lenta, tediosa, costosa e incierta, y para la mayoría del alumnado poco atractiva y “rentable”. Reflexionar exige un equilibrio entre la memoria a corto y largo plazo. La memoria es lo que queda después de la reflexión.

-         Enseñar competencias requiere previamente contar con un importante bagaje cultural y con gran cantidad de conocimientos factuales. La mente siempre prefiere lo concreto y suele renegar de lo abstracto.

-         El aprendizaje necesita mucho entrenamiento, machaqueo, automatismos,… tareas que consumen mucha energía y motivan poco a corto plazo. La práctica favorece la transferencia de conocimiento y libera la memoria a corto y largo plazo.

Ergo, “la enseñanza es un acto de persuasión” (Price).

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La respuesta está en el viento.

Ciertas canciones son maravillosamente intemporales. Bob Dylan tiene varias, pero a mí “Blowin’ in the wind” siempre me dice algo nuevo.
¿Cuántas veces han de crujir nuestras espaldas para que detengamos el látigo que nos golpea?
¿Cuántos recortes más soportará nuestra dignidad hasta que decidamos volver a levantarnos?
¿Quiénes manejan nuestro destino mientras seguimos mirando distraídos la tele?
La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.

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PROCESIONANDO POR LAS CALLES DE MI CORAZÓN…

Procesionando por las calles de mi corazón recuerdo a Jesús de Nazaret consciente del peligro que corría al decir lo que decía y al hacer lo que hacía. Denunciar a viva voz las estructuras de injusticia de la sociedad judía, poner al descubierto los espurios intereses de los dirigentes políticos, económicos, religiosos y militares y proclamar a los cuatro vientos que el designio de Dios-Abba es un reino de justicia, de paz y de fraternidad era garantía suficiente para acabar en muerte violenta, ignominiosa, en la cruz.

Consciente, pero no menos turbado, sabiendo que el AMOR –con mayúsculas- así se las gasta. Hasta las últimas consecuencias, pues no hay amor más grande que perder la vida por el otro para que el otro tenga VIDA –con mayúsculas- y vida en abundancia.

Hoy, en medio del Triduo Pascual, en agradecimiento a todas las personas que entregan su vida, que aman, se comprometen, luchan, sufren e incluso mueren para que otros –TODOS- podamos vivir con dignidad y en plenitud.

Mañana, Pascua de Resurrección, celebraremos que la muerte no es el final.

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La banca ética.

La banca es un instrumento del que nos servimos habitualmente para efectuar gran parte de nuestros intercambios económicos. Cada vez somos más las personas y organizaciones conscientes de que, junto a todo lo referente al consumo, también las decisiones de inversión son una forma de posicionamiento social y ético.
¿Cubre el sistema bancario actual nuestras demandas como ahorradores, consumidores e inversores? ¿Encuentran las organizaciones sociales y sus usuarios respuesta al otro lado del ventanillo? ¿Dónde y desde qué criterios invierten nuestro dinero las instituciones financieras? ¿Responden las entidades financieras a las demandas de nuestras sociedades y especialmente a las que provienen de los sectores más desfavorecidos? ¿Existe un modelo de banca alternativo que sitúe esas demandas en el centro de su misión?
La pretensión de dar respuestas satisfactorias a estas preguntas está provocando en Europa la formación de una corriente de opinión y de un movimiento social en torno a las iniciativas que genéricamente se denominan Banca Ética, entidades financieras que persiguen simultáneamente dos objetivos:
Financiar actividades económicas que tengan un impacto social positivo. Esto significa apoyar empresas y proyectos sociales, ecológicos, culturales y humanitarios, y poner los recursos al alcance de las personas más pobres, de los socialmente excluidos y, en general, de todas aquellas personas que no tienen acceso a la financiación de los bancos convencionales.
Ser viable y obtener excedentes económicos que permitan el crecimiento, la inversión y reinversión social, la modernización y la cobertura de imprevistos, respetando una serie de criterios éticos básicos.
Ambos objetivos son irrenunciables. Si el primero no se respetara, estaríamos hablando tan sólo de un banco, similar a los que ya existen. Si al segundo no se le prestara atención suficiente, en un corto espacio de tiempo dejaría de ser un banco.
Un banco ético se rige, a la hora de realizar sus inversiones, por un conjunto de criterios:
¿Cuáles son los criterios éticos negativos más habituales? En general, una banca ética no invierte ni financia actividades como: • Producción y venta de drogas, alcohol, tabaco, pornografía y juego. • Producción de armamento y suministros al ejercito. • Explotación laboral, explotación infantil. • Experimentación con animales. • Destrucción del medio ambiente, contaminación del suelo, agua o el aire, producción y distribución de pesticidas. • Especulación financiera, empleo de paraísos fiscales…
¿Cuáles son los criterios éticos positivos más habituales? Una banca ética invierte y financia actividades como: • Proyectos sociales, educativos, culturales, medioambientales, de turismo sostenible, de comercio justo y consumo responsable. • Empresas e iniciativas de inserción laboral de colectivos en dificultades. • Utilización de energías renovables. • Integración de minorías y acomodación de inmigración. • Reciclaje y minimización del impacto medioambiental y respeto a la biodiversidad. • Apoyo al desarrollo local. • Igualdad de oportunidades de género.  • Transparencia en la gestión económica y financiera. • Transferencia de tecnología a países pobres. • Desarrollos de tecnología mediante software libre de código abierto. • Respeto a los derechos humanos. • Necesidades financieras del Tercer Sector. • Desarrollo integral en los países del Sur. • Políticas de autodesarrollo y microcréditos en los países empobrecidos.
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